
De un tiempo para acá la novela histórica ha tomado
protagonismo en mis lecturas, curiosamente de manera involuntaria. Hace meses
que leí el libro que hoy reseño, es otro de los libros que tienen una historia
muy independiente a la que me contaron sus páginas y que marcó un antes y un después
de su lectura en mi vida.
"Amor y conquista" es un libro muy especial en mi librero, la
manera en la que llegó a mis manos y lo mucho que me enseñó con su lectura y
con los comentarios que intercambié con aquella persona que me acercó a Martín
del Campo hicieron que reflexionara acerca de que mientras más conozco, más
ignoro; es como si mi mundo se hiciera cada vez más grande, sorprendente y
misterioso y me llama a adentrarme en temas que, hace un año, no eran de mi interés.
Marisol Martín del Campo recrea la vida de un personaje polémico, segregado, mal interpretado en la historia y pieza clave en la Conquista de México: “Malinalli” o “Doña Marina”, erróneamente llamada
“La Malinche”. La autora retrata a una mujer que siempre estuvo a
expensas de su destino, mostrando un lado de la historia que no nos enseñan en
las aulas de la primaria; volcó la imagen
de “traidora” que tenía de Malinalli viéndola como una
mujer capaz y muy inteligente, no como un personaje histórico lejano y frívolo.
Martín del Campo juega con los roles de los narradores: por
un lado tenemos a Ozlaxiuchit, sirviente de Malinalli, que en su lecho de
muerte deja sus memorias como herencia a su hija, haciéndole prometer que dará
a conocer la historia de aquella mujer que fue esclava y
puente entre dos mundos; Por
otro lado, están los monólogos de Malinalli, retratándola como una mujer sensible y muy humana, haciendo de sus introspecciones un deleite en la lectura; también la
narración en tercera persona es un recurso que utiliza la autora para
transportar al lector a la antigua Tenochtitlán.
Es una novela documentada, muy bien
elaborada, rica en lenguaje y en referencias que van acompañadas por notas, una
lista cronológica, un glosario, mapas, árboles genealógicos y una amplia bibliografía
consultada como apoyo para el lector. La autora transporta a la antigua Tenochtitlan con
maestría, describe las costumbres y la cultura mexica de una forma clara y
pintoresca, así como el choque de la misma con la cultura de los españoles y cuando
habla acerca de la caída de Tenochtitlan lo hace de forma muy emotiva,
retratando escenarios de crueldad y valentía.
Martín del Campo le da una voz a
Malinalli, a Cortés, a Cuauhtémoc y a muchos personajes históricos, recreando
una parte de la historia mexicana que vale la pena leer y profundizar. Si
tienen oportunidad de leerlo, no se van a arrepentir. Por ahí tengo un libro
que también habla acerca de la Conquista, siendo el autor Bernal Díaz del Castillo (una de
las fuentes de la autora) y tengo anotados otros títulos relacionados con el
tema en la lista de compras pendientes, cuando los lea les estaré compartiendo, con mucho gusto, mi opinión.
Como siempre, les dejo unos fragmentos para que se les
antoje leer el libro:
Nos metieron lengua, dios y modos a golpe de hierro,
atemorizándonos, marcando nuestras pieles con la G; los que tienen el poder,
hija, tienen la razón. Sus partes españolas no peligraban, pero sí sus propias
estimas. El que cree que una mitad vale menos que la otra no puede pisar
parejo, no puede caminar erguido…
Dormí sin sospechar que, al alba, Alonso me llevaría con él
hasta el fondo de mi cuerpo, adentro del sol, más acá de la vida. Y que, a partir
de entonces, a pesar de la distancia, a pesar de la muerte, a pesar del nacom,
siempre le pertenecería.
Que el dios de la Estrella del Norte te acompañe y te traiga
de vuelta a mis brazos. Soplo en este caracol mi alma, lo acaricio de nuevo con
los labios, le canto mi canción. Ojalá y las corrientes lo lleven hasta ti. Te
pienso mi ixyachalmil, sabe que te ama tu “india”.
[…] empiezo por lo que me hiere, por Chollolán, porque ahí
me di cuenta de que ya no sé que soy, ves, se me abrieron los ojos de adentro y
me duele saber, me duele pensar, soy Xochiquetzal, soy Malinalli, soy Marina y
no soy ninguna de ellas; soy tuya y tú no estás, soy del nacom pero no quiero
serlo; soy mexica y odio a los mexicas, no soy maya y me siento maya, no soy
española y los ayudo. Creo en Ixchel y creo en tu regreso. ¿Ves? No tengo
techo, ni siquiera sé que va a ser de mí. Ven a decírmelo mi amor”.
No sé cómo explicarte, el huey
tlatoani Cuauhtemoctzin, aun con los pies y los tobillos deshechos, aun tendido
en el petate, inspira respeto y temor. No sé si hay hombres que nacen ya
nobles, con una nobleza que no tiene nada que ver con la apariencia física, la
belleza o la fealdad. Cuauhtemoctzin es un hombre feo, que impresiona. Trae
dentro tanta fuerza, Alonso, tal seguridad. No habla tan bien como el tlatoani
Cacamatzin o el huey tlatoani Motecuhzoma y, sin embargo, sus palabras, su tono
de voz, resuenan como el rugido del ocelote. Frente a él te sientes como frente
a dios, y cada vez que debo hablarle la voz me tiembla insegura. Temo ser
aplastada por un rayo divino. El capitán no me lo ha confesado, sabes, pero
siento que a él le causa la misma impresión que a mí.
~ El huey tlatoani, el fiero Cuauhtemoctzin, se sacrifica, implora, suplica, reclama al Terrible. Anda por todos lados de su ciudad alentando a su pueblo, a sus guerreros. En los ojos de su amada Tecuichpotzin se refleja la violencia de su propio odio al blanco. Ella, de negra cabellera, de fina cintura, el cálido pozo en donde ahoga su angustia, lo comprende y lo ama con sus pequeñas manos que saben acariciarlo. Tecuichpotzin, dulce como el pinole, amarga tamarindo, su flor, su mujer, su compañera. "Cuauhtémoc, llevo en mi vientre, al fin, un pequeño niño." Y sus palabras, y su noticia de esperanza, desgarran el gris de la impotencia.
Hunde su rostro entre sus pechos y la abraza, apretada contra sí. Osa esperar. Tal vez los creadores hayan, al fin, mostrado un signo favorable. Dentro del suave vientre de su mujer, crece su semilla. Cuauhtémoc sabe que Tecuichpotzin, su prima hermana, sangre de su sangre, no aceptará cuidados especiales. Ella organiza, secundada por Ozlaxiuchitl y la mujer de Tepehuatzin, el cuidado de los heridos. Conoce a fondo la medicina herbolaria que aprendió desde pequeña con los mejores curanderos del imperio. A veces, con sus ademanes, le recuerda a Miahuaxochitl, su elegante tía. Otras, cuando ríe, a su tío el de triste recuerdo, Motechuzomatzin.
Tal vez su destino es convertirse el colibrí, en chupaflores del cielo de Huitzilopochtli. La muerte gloriosa en la batalla no lo amedrenta. Tenr, con cada músculo de su cuerpo, fallar en la defensa de Tenochtitlán.
-Cuauhtémoc, mi señor, mi marido- le dijo una noche su pluma preciosa- prométeme hundir tu cuchillo en mi corazón si acaso el español fuera a ganar. No deseo vivir esclava. Júrame que con tus propias manos quitarás la vida a nuestro hijo. No deseo que se mancillar al contacto blanco.
Cuauhtémoc no contestó. No quería permitirse pensar en la derrota. No podía. A él tocaría defender el trono de sus abuelos y de los abuelos de sus abuelos. Él defendería la existencia de los Dadores de Vida, sus costumbres, la gloria del imperio, a Tecuichpotzin. ~


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