Clarice Lispector.
Hace poco escuché una palabra con la cual me he obsesionado: “Fanopea”. Tomando la definición de mi maestro del curso de poesía al que todavía asisto virtualmente, la fanopea es la codificación mental de la poesía; es la traducción de la palabra en la imagen mental/emocional; esta cualidad de la poesía, el convertir la palabra en imagen y en sentimiento para el lector, le otorga un significado al texto. Cuando escuché este concepto, sin mediación de tiempo, enlisté en mi mente algunos escritores que habían logrado, a través de la palabra, remover mis emociones y crear un torbellino que tarda tiempo en apaciguarse.
“La hora de la estrella”, el
libro que hoy les comparto, es una historia dentro de otra historia. Rodrigo
S.M. es un narrador que lucha por escribir la vida de Macabea, una joven
norestina de Río de Janeiro que a simple vista no tiene nada atractivo: es
insípida física, mental y emocionalmente y su vida, según su narrador, no es
digna de ser contada. De su suerte, ni hablamos y su destino no pinta muy
brillante que digamos. Es una mujer inocente, ingenua y con poca salud que vive
sin emociones, sin esperanza ni ambiciones. En algún momento el narrador, el “Dios”
que le otorga vida a Macabea a través de su tintero, la describe como un “Café
frío”, adjetivo que plasma en su totalidad y en su falta de complejidad a
nuestra inocente protagonista que ignora la magnitud de su miseria.
Digamos que Macabea no tiene
planes, no tiene ambiciones y de las pocas cosas que disfruta es escuchar la
radio y aprender palabras de las cuales desconoce su significado. Su vida adquiere
un poco de emoción cuando conoce a Olímpico de Jesús Moreira Chaves, todo un
personaje que contrasta con nuestra opaca protagonista y que al poco tiempo de
coincidir en la historia, se hacen novios. Pero a pesar de esa breve luz que parece
iluminar con un poco de suerte su destino, su vida no cambia. La insipidez de
Macabea es algo que forma parte de su esencia, es una mujer plana porque le
falta contornearse con el mundo y es consciente de que algo le falta para
sentirse real, parte de sí misma.
Ah, Macabea, ¿en algún momento
la suerte tocará a tu puerta? ¿En algún momento encontrarás el sentido de tu
existencia y pasaras a ser algo más allá que un personaje triste, gris, que
pasa de la mente de un escritor al tintero y de este al papel? ¿Cuándo llegará
el momento en que explotes en risas o llanto, en que te sientas viva, en que te
des sin reservas a las emociones?
La obra parece corta y
sencilla, nada menos que 96 páginas en la edición de Siruela; pero recuerden
que con Lispector esas unidades de medida simplemente carecen de validez. Lo
sustancial está en sus palabras: en lo simple está lo sublime y en lo insignificante,
la belleza.
Retrato de Clarice Lispector por Hugo Enio Braz, artista brasileño.
Hay un punto que quisiera
resaltar antes de pasar a mis fragmentos favoritos de la novela y que es
importante mencionarlo ya que le brinda un contexto misterioso a la misma:
El título de la obra “La hora
de la estrella” hace referencia al momento en que el personaje principal
“brilla” a pesar de la opacidad en su vida. En ese momento, el título adquiere
un significado en relación a la novela y ocurre algo que los lectores podríamos
calificar como un ¡eureka!: “Oh, es por esto que el libro se llama de tal
manera”.
Por otro lado — y este es un
dato que prometo tiene justificación a pesar de lo irrelevante que pueda
parecer el sacarlo a flote en este momento— las estrellas, esos astros que
vemos tan lejanos en el manto negro del cielo cuando cae la noche, brillan más
al momento de su muerte.
Ahora, algo que me deja
pensando en torno al título de la novela y la belleza que puede haber en la
muerte de una estrella, es que de alguna manera “La hora de la estrella” puede
ser el vaticinio de la muerte de la autora, ya que dicha obra es la última
novela publicada en vida por Lispector en 1977. ¿Será que la historia de
Macabea es ese brillo que nos deja Lispector antes de apagarse como una
estrella, antes de pasar a la inmortalidad de sus palabras?
Clarice Lispector no deja de
sorprenderme con su obra, su estrella sigue brillando en mi librero.
Les comparto algunos
fragmentos que se ganaron el resaltador de página:
“Y…, no olvidar que la
estructura del átomo no se ve, pero se conoce. Sé muchas cosas que no he visto.
Y ustedes también. No se puede presentar una prueba de la existencia de lo que
es más verdadero, lo bueno es creer. Creer llorando.”
“Sí, mi fuerza está en la
soledad. No temo ni a las lluvias intempestivas ni a los grandes vientos
desatados, porque yo también soy la oscuridad de la noche.”
“Por fortuna, lo que voy a
escribir ya debe estar, sin duda, escrito en mí. Tengo que copiarme con una delicadeza
de mariposa blanca”
“Estoy sola en el mundo y no
creo en nadie, todos mienten, a veces hasta en la hora del amor, yo no veo que
una persona hable con la otra, la verdad solo me llega cuando estoy sola.”
“Tan viva estaba que se movió
con lentitud y acomodó el cuerpo en posición fetal. Grotesca como había sido
siempre. Aquella resistencia a ceder, pero esa voluntad de un abrazo. Se
abrazaba a sí misma con la voluntad de una dulce nada. Era una maldita y no lo
sabía. Se agarraba a un hilillo de consciencia y se repetía mentalmente, sin
cesar: yo soy, yo soy, yo soy. Quién era es lo que no sabía. En su propio hondo
y negro núcleo había ido a buscar el soplo de vida que Dios nos da.”



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