Hace casi un mes que
falleció uno de los máximos representantes de las letras mexicanas y uno de mis
escritores favoritos. Recuerdo que cuando me enteré de la noticia pasé de la
sorpresa a la incredulidad y después a la tristeza. Casi de inmediato la nostalgia
me invadió y recordé cómo Don Fernando marcó mi vida con obras como “Palinuro
de México” y “Noticias del Imperio”, esta última leída a inicios de este año,
por lo tanto, aún me persiguen Carlota y sus monólogos; una vez que se entra al
mundo de Don Fernando del Paso, no es tan fácil escapar de la magia de sus
palabras y queda esa inquietud de volver a ellas, aunque sea sólo hojeando y
releyendo las partes que más provocan conmoción.
Entonces, recordé que no
hace mucho tiempo en una de esas visitas “de doctor” a la librería de mi ciudad
(ajá, ni yo me la creo) en una mesa de liquidación, me topé con varios títulos
interesantes, uno de ellos: “Amo y señor de mis palabras” de Don Fernando, y
obvio no lo pude dejar, así que me dirigí a la caja, lo pagué y lo acomodé en
mi librero en la sección de “Favoritos” para leerlo después.
Cuando me enteré de la
muerte de Don Fernando, opté por poner pausa a mi lectura de pila de ese
momento —“Mantra” de Rodrigo Fresán, de la cual próximamente les platicaré—
para leer el libro que hoy reseño.
“Amo y señor de mis palabras”
es un librito muy delgadito en cuanto a cantidad de hojas, pero rico en
contenido. La compilación de ensayos, discursos y cartas manifiestan el lado
“terrenal” del escritor, conocemos sus posturas políticas, el parecer respecto
a sus obras o a las de algunos de sus colegas –Rulfo, Carlos Fuentes o Leopoldo
Marechal— e incluso aquellos sentimientos tan íntimos, tan personales que uno
puede tener hacia un amigo, como en la carta de le escribió Don Fernando a Juan
Rulfo a raíz de su muerte. Cada uno de esos textos hace que la relación literaria
que tengo con Del Paso sea más estrecha y que le agarre más cariño a la magia
que le da a las palabras.
Días después leí “Castillos
en el aire”, a mi ver, otra muestra más de la calidad de la pluma del autor y
de su ingenio de combinar las palabras y los dibujos. Sigue en el librero
“Linda 67” y en la lista de compras “José Trigo” y sus poemarios. Don Fernando
nos dejó grandes tesoros literarios y el mejor honor que podemos hacerle a su
memoria, es leyéndolo.
¡Gracias, Don Fernando! Por
todo y por tanto; nos vemos pronto en sus novelas, teatro o poesía.




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