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"Gracias a Dios y a usted"


En casa de los abuelos se come a las dos de la tarde. Llueva, truene o relampaguee, a la 1:59 pm todos deben estar sentados en el comedor con las manos limpias y dispuestos a comer hasta la última cucharada de comida. Eso lo sabe de sobra la pequeña Adriana, que cada jueves queda al cuidado de sus abuelos después de la escuela.

El ritual siempre es el mismo: 1:50 pm y Doña Eva anuncia a todos los presentes que se preparen para comer. Adriana cierra la enciclopedia en la que hasta hace unos momentos estaba absorta y la pone sobre la mesita de la sala de estar. Se dirige al baño y se lava las manos con jabón de lavanda y agua para después, secarlas pacientemente con la toalla; cierra la puerta y baja los dos escalones que dan al zaguán de la casa de los abuelos, mismo que está atiborrado de macetas coloridas que resguardan las plantas sagradas de Doña Eva: rosales, suculentas, begonias, petunias, geranios, helechos, hortensias y muchas más que le otorgan a esa parte de la casa un aura selvática.

Adriana camina a lo largo del pasillo, diez pasos largos o dieciocho cortos cuenta en su cabecita, y da vuelta en la última puerta a la derecha, observa el largo comedor de caoba y huele la calidez de la comida que evoca de la cocina. ¿Qué habrá preparado Doña Eva?

La pequeña toma asiento ante un mantel de flores de punto de cruz tejido por la abuela y pasa lista con la mirada: en la cabecera del comedor, se sienta Don Willebaldo, el abuelo con su mirada seria e impenetrable. A su derecha, Doña Eva, la abuela cariñosa y apapachable que deja que su pequeña nieta juegue entre sus faldas mientras le cuenta historias sobre cómo, cuando tenía su edad, jugaba con muñecas de trapo y madera.  A la izquierda del abuelo, se sienta Juan, el hijo pequeño; trae unos audífonos grandes, grandes que no lo dejan escuchar todos los “Demonios” que menta el abuelo: “Con un demonio, muchacho, te vas a quedar sordo” o, “Con un demonio, esta juventud que no entiende”. A un costado del tío, se sienta la tía Carmen, la guapa tía Carmen que siempre huele rico y usa tacones y que trabaja en una oficina muy importante de una empresa que saca plata de la tierra; ¿Cómo puede ser eso posible? Se pregunta Adriana ¿Las piedras tienen plata?; para completar la escena, Adriana toma su lugar a un lado de Doña Eva, la calidez de su cuerpo la reconforta, le da seguridad y le despierta un apetito voraz: la abuela huele a cocina y le dan ganas de comérsela a besos.

-¿Qué hiciste de comer hoy, abuelita? Pregunta Adriana ansiosa.

- Hoy, vamos a comer reliquia que dio Doña Chole por el día de la Virgencita.

¡Reliquia! Uno de los platillos que además de delicioso es sagrado, ya que se da como manda a un santo por los favores recibidos. En algún momento, la Virgencita le concedió a Doña Chole, la vecina de la colonia, un milagro tan, tan, pero tan grande, que ella le prometió preparar comida y repartirla cada doce de diciembre a toda la gente que se forma en la puerta de su casa. La abuela Eva, que siempre es invitada de honor, acudió tempranito al rosario con mucha fe y con dos cazuelas para recibir los sagrados alimentos.

Estando ya todos los presentes en la mesa, Doña Eva destapa la cazuela, y el asado de puerco desprende un vapor que huele a cielo. Se ve que doña Chole fue generosa con la reliquia, los pedazos de carne se alcanzan a ver entre toda esa lava roja y deliciosa. La otra cazuela tiene sopa, como es tradición en las reliquias zacatecanas siete sopas de pasta se dan en un solo recipiente: fideo, estrella, spaguetti, arroz, conchas, coditos y flores. A un lado, se dispone un tortillero, con tortillas de maíz calientitas y listas para hacer rollito y sopear junto con la cuchara, ¡o para hacer taquitos de aguacate y sal!, ¡o de queso ranchero con salsa de árbol! ¿Acaso existe menú más rico para un jueves? A la pequeña Adriana se le hace agua la boca y se llena de ansias por probar de todo un tanto. La comida huele deliciosa y para coronar la escena, la abuela pone al centro de la mesa bolillos por si alguno es gustoso de torta y no de taco.

No puede faltar el cafecito de olla, el pan ranchero y la cajeta de postre ¡A cerrar la comida con broche de oro! y a la pequeña Adriana, se le derrite la boca con solo imaginar lo que sus papilas están a punto de degustar. Por un momento, se olvida del ritual que existe en la casa de los abuelos y la niña alarga la mano hasta la cazuela del asado ¡solo una probadita con el dedo, por favor! Pero la mirada del abuelo la detiene a medio camino, o se comporta o no hay postre. Y con el abuelo no se juega y menos si la cajeta está en riesgo de no ser probada. Entonces la pequeña Adriana recupera la compostura y se sienta, derechita, derechita, en su silla.

Antes de probar alimento, se debe de dar gracias a Dios: todos cierran los ojos, agachan la cabeza y oran por la comida del día. Adriana solo puede agradecer a la Virgencita, sin ella y sin sus milagros, no habría reliquia. “¡Gracias, Virgencita! Por hacer que tu día caiga en jueves y por hacer que Doña Chole prepare su comida para todos.”

El abuelo se hace la señal de la cruz y eso quiere decir que es hora de comer.

Todos se sirven en el plato asado con sopa y con la tortilla hecha rollito, sopean su comida poco a poco. Para Adriana, cada cucharada sabe a gloria. Come poco a poquito, equilibrando cada cucharada para no manchar el uniforme, las manchas de mole son muy difíciles de quitar en la ropa. Así pasa el tiempo, todos repitiendo porción de asado y cuchareando con tortillas o con bolillos y las voces de todos se confunden con el sonido de los cubiertos. La hora de la comida es como una algarabía.

Cuenta don Willebaldo que le llegó al taller un carro tan viejito, tan viejito, que no cuenta con las piezas para repararlo, dice que tiene que ir al yonque y Adriana se imagina que esa palabra suena a que queda muy, muy lejos de ahí.

La abuela dice que ya está harta del gato. Ya se comió su plantita de fresas y quiere regalarlo, pero eso no le gusta mucho al tío Juan, que abre los ojos como platos y le dice a la abuela que le tenga paciencia al pobre animal, que solo quiere jugar. A Doña Eva no la convencen tan fácil, pero, aunque lo niegue, le tiene cariño al gato; igual se lo piensa dos veces antes de darlo en adopción.

La tía Carmen platica de todos los oficios que tiene que escribir y las llamadas que tiene que hacer para su jefe. La plata de las piedras es muy importante para esa empresa y Adriana se pregunta, otra vez: ¿Cómo es esa plata que sacan de las piedras? ¿Cómo los aretes que su mamá guarda en el joyero?

Adriana no habla, solo come y escucha. Es una niña y no debe meterse en las conversaciones de los adultos, varias reprimendas se ha llevado por interrumpir. No quiere arriesgar el postre: calla, escucha y come.

El plato queda limpio, el asado estaba tan delicioso que Adriana no dejó ni una sola manchita roja sobre la porcelana blanca. La abuela le sirve una humeante taza de café de olla con un trozo de pan ranchero que compró el abuelo en Chalchihuites, coronado con un pedacito de cajeta. Ese momento de la comida es más tranquilo porque ya casi nadie habla, todos se ensimisman en sus platos y disfrutan sorbo a sorbo, de la bebida que calienta el corazón y el estómago.  Se sienten satisfechos y presienten que el temido mal de puerco está a punto de hacer su entrada triunfal a la mesa, señal de que la comida fue de provecho.

Adriana bebe el último trago de café, se levanta y termina el ritual de la comida: “Gracias a Dios y a usted” dice, frase que desde que tiene uso de razón se usa en casa de los abuelos para agradecer la comida y para anunciar que se retira uno de la mesa. Doña Eva le da un beso en la mejilla y le recuerda llevar los platos al fregadero.

Adriana acata órdenes y camino a la cocina piensa otra vez: “Gracias, Virgencita, por tan rica comida”.

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