El retorno del hijo pródigo. Rembrandt.
“Me llena de alegría pensar que este libro es fruto de la amistad y del amor.”
Henri J.M. Houwen.
Dicen que hay libros que están predestinados a los lectores,
aquellos que llegan justo en el momento indicado para dar con sus palabras consuelo al lector, para ayudarle a encontrar el camino. Esos son los libros
que nos marcan, que dejan huella en la mente y espíritu de la persona que se
somete a los misterios de sus páginas.
Este es uno de esos libros. Llegó a mí en un momento donde
necesitaba el consuelo de sus palabras, donde requería de una brújula para encontrar mi norte. Aunado a la guía que me brindó sus páginas, lo más significativo de este encuentro son las manos que, a través de un
regalo, lo hicieron posible.
Cuántas veces andamos cual autómatas en el mundo. Somos
conscientes de nuestra realidad y sabemos cuáles son nuestras responsabilidades, realizándolas mecánicamente: casa, trabajo, familia, amigos, pareja. Vamos de
aquí para allá, cumpliendo con nuestro propósito, con nuestras metas, con
nuestro deber ético y moral. Pero hay algo que falta, algo que no cuadra.
Incluso ante un momento de “perfección” solemos temer tanta felicidad, salen a flote nuestras inseguridades y esperamos que, en cualquier momento, cualquier detalle
se vuelque sobre nosotros para recordarnos que en ese mundo, la felicidad se da
a sorbos. Y parece que es justo en ese momento donde nos sentimos más desdichados,
el tiempo se detiene solo para nosotros. Somos pinturas expectantes ante la
vida de los demás: una pareja que pasea de la mano por el parque, un abuelo que
carga a su nieto pequeño y lo colma de besos, un grupo de pequeños jugando a
atrapar una mariposa… Nos sentimos solos, abandonados y renegamos a la vida o a
Dios. Somos incapaces de encontrar la dicha en las crisis de la vida y nos
centramos en aquellos oscuros sentimientos que nos carcomen por dentro. Afortunadamente, en la vida hay cómplices que nos ayudan a volver al camino del encuentro hacia
nosotros mismos y a nuestra fe. Independientemente de nuestras creencias, el
camino espiritual es algo que todos necesitamos recorrer. Este libro forma
parte de mi camino espiritual. Este libro es consuelo, abrazo y reencuentro
conmigo misma y con Dios.
Ambos elementos, pintura y parábola, dan pie a un sinfín de meditaciones
en torno a la vida, al amor, a la felicidad, al perdón y a la gratitud. Al
pasar las páginas, el autor nos hace partícipes de sus más profundos sentimientos
respecto a la pintura, a la vida y a la fe: ¿Quién es el hijo pródigo y cómo me
visualizo ente él?, ¿Cómo me manifiesto ante la figura del hijo mayor?, y la
más importante ¿Cómo, a través de las pruebas a las que me enfrento en la vida
puedo llegar a ser cómo el padre, donde la gratitud, el perdón y el amor están
sobre todo?
Aprendí, con la pluma del autor, a apreciar la famosa
obra de Rembrandt desde otra perspectiva; me hizo partícipe de su creación y de
lo significativos que pueden ser los detalles como la luz, los colores, las
manos, las posturas y las miradas de los personajes en la pintura. Es como si
espectador/lector, escritor y artista se sentaran a charlar sobre temas que no
con cualquiera te atreves a externar; es como un espejo en el que te ves reflejado,
palabra por palabra.
Creo que la palabra justa para describir todo lo que me dejó
este libro es “Paz”. Siendo una mujer católica con fe en Dios y considerando que
esta fe ha ido en crecimiento desde hace tiempo donde me busco y me encuentro
en él, este libro ha significado un abrazo de mi padre celestial, una lección
para ser consciente de lo que me toca trabajar como hija, madre, hermana,
amiga, compañera y mujer.
Si estás en búsqueda de paz, de consuelo y de un abrazo
sincero de palabras que te den luz en el camino, este libro puede ser una
ventana para ver que, en la vida, independientemente de las circunstancias,
siempre habrá un paisaje qué admirar.
Como siempre, les comparto algunos fragmentos para que se
animen a leerlo.
“Y allí estaba yo, delante del cuadro que había estado en mi mente y en mi corazón desde hacía casi tres años. Estaba maravillado por su majestuosa belleza. Su tamaño, mayor que el tamaño natural; sus abundantes rojos, marrones y amarillos; sus huecos sombreados y sus brillantes primeros planos, pero sobre todo, el abrazo de padre e hijo envuelto en luz y rodeado de cuatro misteriosos mirones. Todo esto me impactó con una intensidad mayor de lo que nunca hubiera podido imaginar. Hubo momentos en los que me pregunté si el original no me desilusionaría. Todo lo contrario. Su grandeza y esplendor hacían que todas las demás cosas pasaran a un segundo plano. Me dejó completamente cautivado. Realmente, estar aquí era volver a casa.”
“El núcleo del cuadro de Rembrandt son las manos del padre. En ellas se concentra toda la luz; a ellas se dirigen las miradas de los curiosos; en ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y cura, y a través de ellas encuentran descanso no solo el hijo cansado sino también el anciano padre. Me sentí atraído por aquellas manos desde el primer momento en que vi el cartel en la puerta del despacho de Simone. No entendía bien por qué. Pero poco a poco, con los años, he llegado a conocerlas. Me han sostenido desde el momento mismo de mi concepción, me dieron la bienvenida el día en que nací, me sostuvieron cerca del pecho de mi madre, me alimentaron y me dieron calor. Me han protegido en momentos de peligro, y me han consolado en momentos de dolor. Estas manos, son las manos de Dios. También son las manos de mis padres, profesores, amigos, curadores y todos aquellos que Dios ha puesto en mi camino para recordarme lo seguro que vivo.”
“En el contexto de un abrazo apasionado, nuestra ruina
interior puede parecernos hermosa, pero su única belleza viene de la compasión
que despierta.”
“La gratitud como disciplina implica una elección
consciente. Puedo elegir ser agradecido aún incluso cuando mis emociones y
sentimientos están impregnados de dolor y resentimiento. Es sorprendente la
cantidad de veces que puedo optar por la gratitud en vez de por la queja y el
lamento. Puedo elegir ser agradecido cuando me critican, aunque mi corazón
responda con amargura. Puedo optar por hablar de la bondad y la belleza, aunque
mi ojo interno siga buscando a alguien para acusarle de algo feo. Puedo elegir
escuchar las voces que perdonan y mirar los rostros que sonríen, aún cuando
siga oyendo voces de venganza y vea muecas de odio.”



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