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2666. Roberto Bolaño.


 "Solo en el desorden somos concebibles..." 

Roberto Bolaño. 


Roberto Bolaño.


Con Bolaño, me sentía en deuda. Después de conocerlo con "Los detectives salvajes" y de picar por ahí lecturas fugaces, tales como su poesía y cuentos, en un encierro obligado decidí acompañarme por 2666. Decisión un tanto arriesgada, considerando el reto que es leer un libro de tal magnitud en número de páginas, historias y personajes. Me di mi tiempo y mis mañas para disfrutarlo a sorbos, brincaba de la edición física a la digital, tomaba notas de cada nombre, armaba una telaraña de coincidencias en una hoja de papel y con cada página, me ahogaba, me abrumaba y me obsesionaba, me sentía presa del desierto de Sonora y de sus historias. 

Después de un mes de soñarlo y de querer flaquear un par de veces, aquí estoy, escribiendo una reseña que superó el bloqueo al teclado gracias a la genialidad de Bolaño. 



La historia de 2666 es igual de obsesiva que la que se cuenta entre sus páginas. Obra póstuma e inacabada, publicada a poco más de un año de la muerte del escritor chileno, estaba pensada en un inicio por su autor como cinco obras interdependientes que al final, contaban una sola historia, la de la ciudad de Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juarez, Chihuahua; pero sus editores consideraron publicar todo en conjunto,  lo que terminó siendo un monstruo literario de más de 1100 páginas en la edición de Anagrama. 

Cinco son los robustos capítulos que persiguen al lector durante y después de su lectura. Cinco, son las partes de este monstruo literario: La parte de los críticos, La parte de Amalfitano, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi.

Cada una de las partes, respectivamente, cuenta la historia de cuatro profesores europeos de literatura obsesionados con un misterioso escritor al que le han dedicado gran parte de su vida e investigación; un profesor chileno que por azares del destino termina viviendo en México con su hija y temiendo por la vida de esta; un periodista americano que después de la reciente muerte de su madre, es encomendado a cubrir una pelea de box y que termina tocando la obscuridad y el misterio que ofrece una ciudad mexicana en medio del desierto; un escritor prusiano que vive en el anonimato y que solo puede ser referido como un hombre muy alto, como "Un gigante", así como su vida en la guerra y en las letras. Las cuatro historias tienen en común un escenario inhóspito, decadente y frustrante: las muertes de las mujeres en Santa Teresa, una ciudad fronteriza en México, haciendo de este último escenario, un capítulo crudo donde se describe a detalle la muerte de más de cien mujeres, la falta de capacidad de las autoridades mexicanas para dar con los responsables y la impunidad que es solo un reflejo México actual.

Siendo un libro tan extenso, tal como lo mencioné líneas anteriores, opté por leerlo en su edición física (Anagrama) y digital (Alfaguara). Ambas ediciones tienen lo suyo y debo admitir que entre las dos, la experiencia fue bastante gratificante. Alfaguara nos regala las notas de la novela, en puño y letra de Bolaño. Por otro lado, Anagrama nos regala dos anotaciones aisladas con un guiño a los lectores de sus obras: 

La primera declara: "El narrador de 2666 es Arturo Belano"; la segunda, más personal y más emotiva dicta: "Para el final de 2666: Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano". 

Así se despide un grande, así, solo se sabe despedir Roberto Bolaño. 

2666 es la novela inacabable que persiguió a Bolaño hasta su muerte. 2666 es la novela que me perseguirá por el resto de mi vida. 





Y retomando la costumbre, les comparto algunos fragmentos que guardan entre sus letras, parte de la genialidad de Bolaño. 

Leer es como penar, como rezar, como hablar con un amigo, como exponer tus ideas, como escuchar las ideas de los otros, como escuchar música (sí, sí), como contemplar un paisaje, como salir a dar un paseo por la playa. 

Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres. Pero es probable que antes hubiera otras. La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía trece años. Pero es probable que no fuera la primera muerta. Tal vez por comodidad, por ser la primera asesinada en el año 1993, ella encabeza la lista. Aunque seguramente en 1992 murieron otras. Otras que quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró, enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe dónde, en qué lugar se encuentra. 

Cada cien metros el mundo cambia, decía Florita Almada. Eso de que hay lugares que son iguales a otros es mentira. El mundo es como un temblor. 

Siempre hay que hacer preguntas, y siempre hay que preguntarse el porqué de nuestras propias preguntas. ¿Y sabes por qué? Porque nuestras preguntas, al primer descuido, nos dirigen hacia lugares adonde no queremos ir. 

Todos los nombres son comunes y corrientes, todos son vulgares. Llamarse Kelly o llamarse Luz María en el fondo es lo mismo. Todos los nombres se desvanecen. Eso tendrían que enseñárselo a los niños desde primaria. Pero nos da miedo hacerlo. 

Miedo a la pisada que no deja huella. Miedo a los elementos del azar y de la naturaleza que borran las huellas poco profundas. 






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