Hace algunos días, en la cena de navidad
con la familia, unos primos y su servidora estábamos hablando acerca de libros,
y uno de ellos hizo un comentario que encaja muy bien con la presente reseña: “¿No
les ha pasado que se topan con un libro tan bueno y se preguntan por qué no lo
habían leído antes, dónde estaba esa joya?”...
Pues “El mundo y otros lugares” es
uno de esos libros.
Jeanette Winterson llegó a mi librero gracias a la
recomendación de una maestra en un Diplomado de literatura europea que estoy
cursando; recuerdo que comentó que si no habíamos leído a Winterson aún, no
sabía qué estábamos haciendo, teníamos que leerla YA, y como buena alumna tomé
nota y me dediqué a conseguirla.
Es un libro corto pero sustancial, en donde la fantasía, la
mitología, el erotismo, el amor o la imaginación son sólo algunos de los
ingredientes que dan vida a los diecisiete cuentos en los que la autora
muestra la magia que hace con las palabras; su prosa es poética y emotiva, me
tenía a su merced desde las primeras líneas y cuando terminé el libro (el cual devoré
en pocos días) me quedé con ganas de más, y si ahora el libro está en mi bolsa
como compañero es porque Winterson no me fue suficiente con una sola lectura, necesito
volver a leerla y escaparme a su universo.
Winterson mete al lector a su mundo, hipnotiza con sus
palabras, el tiempo se detiene y las hojas no se sienten al leerlas; en
definitiva, no me bastó la autora con este libro, necesito leer más de ella, creo que no
pude terminar mi 2018 con mejor lectura.
Y ahora soy yo la que les dice: si no están leyendo a Jeanette
Winterson, no sé qué están haciendo.
Les dejo una probadita de lo que Winterson hace con las
palabras:
Cada vez que tomas una decisión importante, hay una parte de
ti que sigue viviendo esa otra vida que dejaste atrás.
<¿Volverás?>, me preguntó. Sí, mañana, bajo las farolas de sodio de la calle, bajo el tictac del reloj. Bajo el peso de mis obligaciones, mi historia, mis miedos, este ahora. Este presente gaseoso y vertiginoso que todo consume. No permitiré que el tiempo me mienta. No escucharé las voces muertas ni el dolor no nacido. El <¿Y si?> no tiene ningún poder frente al <¿Y si no?>. En lo que a ti refiere, el <no> es insoportable. He de tenerte. Dejemos parlotear a los antirrománticos de ojos burlones. El amor eres tú y aquí estoy yo. Ahora
¿Qué puede decirse sobre el amor? Podríamos barrer todas las
palabras y amontonarlas en el desagüe y el amor seguiría siendo idéntico,
continuaríamos percibiéndolo igual, ese dolor en el corazón, ese martilleante
deseo que a duras penas se somete al lenguaje. Hablamos de lo que no podemos
domesticar. Y yo estoy hablando mucho de Gabriel Ángel.
Nos acostamos bajo la
alfombra de la noche, la alfombra estrellada, con la Luna cómo linterna, con el
hombre de la Luna vigilándonos desde lo alto y Sirio a sus pies.
Los planetas son cuerpos del sistema solar. Nosotros también.
Tú y yo somos esferas elípticas que gravitan alrededor de la vida. Es la vida
lo que queremos, pero no osamos acercarnos demasiado a ella por miedo a que nos
abrase, esta vida en toda su intensidad. La llamamos fuerza vital, y lo es: es
una fuerza capaz de hacer que salga el brote del fango. Capaz de empujar al bebé para
que salga a la luz de la nada.
Cuando te abrazo en este lecho empapado de noche es
el valor para enfrentarme al día lo que busco. Valor para que cuando llegue la
luz me vuelva hacia ella. No podría ser más sencillo. No podría ser más
difícil. En este pequeño mundo cubierto de noche que comparto contigo, espero
encontrar lo que anhelo: una pista, un mapa, un pájaro que vuela hacia el sur,
y luego, cuando llegue la luz, nos vestimos juntos y nos iremos. [...] ¿Será
así? Déjame dormir contigo. Déjame oír las cosas que no puedes decir.



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