Existen libros que tienen
el poder de unir a dos o más personas, lectores que comparten la intimidad de
la lectura y la pasión por las letras y a raÃz de esto, nacen amistades que sobreviven al tiempo
y a la distancia; están otros libros que nos hacen recordar buenos momentos,
tal vez por la forma en la que llegaron a nuestras manos o alguna anécdota que
guardamos en nuestra memoria ; algunos más, dispersos por ahÃ, guardan
recuerdos de sus antiguos dueños, huellas que los mismos dejaron a su paso y que
sirven a futuros lectores para crear en su mente las más hilarantes historias
que se pueden imaginar cuando por casualidad, entre las hojas del libro viejo,
se topan un separador, una flor o una nota. Pero existen otros, y me atrevo a
considerarlos aún más valiosos que los anteriores, son aquellos que hacen que
nos reencontremos con nosotros mismos; son como un espejo que nos regala el
autor para mirarnos, reconocernos y ver la vida con otros ojos.
Los restos del dÃa de Kazuo Ishiguro, es uno de ellos. No sólo me cautivó la historia, la narración y el retrato de los personajes o de los paisajes ingleses que pinta
el autor con su pluma; la cereza del pastel, por asà decirlo, es el mensaje que
al final nos regala la historia de Stevens, protagonista y narrador. Stevens es
mayordomo de Darlington Hall y ha consagrado su vida al servicio de sus amos
por más de treinta años. Cuando la propiedad pasa a manos de un norteamericano,
Stevens tiene por primera vez la oportunidad de irse de vacaciones mientras su
amo no se encuentra en casa.
Asà que Stevens toma
sus maletas, el auto prestado de su amo y emprende un viaje a lo largo de Inglaterra y de su pasado, ya que
uno de los motivos que lo empuja a realizar el viaje que nos es narrado durante
seis dÃas, es ir en busca de Miss Kenton, antigua ama de llaves en Darlington
Hall, para ofrecerle que regrese a su antiguo puesto.
A lo largo del viaje,
vemos a través de los ojos de Stevens los paisajes ingleses que aprecia con vehemencia,
los recuerdos en los que se refugia y donde la imagen de su padre o de los
momentos que compartió con Miss Kenton, están cargados de añoranza. Conocemos
la intimidad de un mayordomo inglés, el orgullo con el que desempeña su profesión
y lo que deja a un lado al consagrarse en cuerpo y alma a una vida dedicada al
servicio. Acompañamos a Stevens en un viaje para rememorar su vida y hacer
conciencia de la misma, y sobre todo, un viaje donde se reencuentra consigo
mismo.
Ishiguro me dejó
horas de agradable lectura, un buen sabor de boca; es una novela triste, sutil,
brillante, cargada de nostalgia y esperanza para el lector. En pocas páginas
(253 en mi edición de Anagrama) dice mucho acerca de la vida, de las decisiones
que tomamos, de las oportunidades que no aprovechamos o de las personas que dejamos
ir o de las que huimos, y a pesar de cómo sólo queda consolarnos con la
fantasÃa del hubiera e imaginar los distintos escenarios paradójicos, anhelados
por nuestro corazón, debemos ver siempre hacia adelante, hacia lo venidero.
Y es aquà donde cito el regalo que me
hizo Ishiguro:
Mucha gente prefiere
la noche al dÃa. Siendo asÃ, quizá deba seguir el consejo de no pensar en el
pasado, y de mostrarme más optimista y de aprovechar al máximo lo que me resta
del dÃa. Después de todo, ¿Qué se gana con estar mirando siempre atrás? ¿Con
culparnos del hecho de que la vida no nos haya llevado por el camino que
deseábamos? […] ¿Para qué preocuparse tanto por lo que deberÃamos haber hecho o
dejado de hacer para dirigir el curso que tomaban nuestras vidas? Para personas
como usted o como yo, la verdad es que basta con que intentemos al menos
aportar nuestro granito de arena para conseguir algo noble y sincero.
Les dejo otros
fragmentos, dignos de ser compartidos.
[…] Y ahora permÃtame
manifestar lo siguiente: la “dignidad” de un mayordomo está profundamente
relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El
mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá a su persona ante la profesión.
Para estos individuos ser mayordomo es como interperetar un papel, y al menor tropiezo
o a la más mÃnima provocación dejan caer la máscara para mostrar al actor que
llevan dentro. Los grandes mayordomos adquieren esta grandeza en virtud de su
talento para vivir su profesión con todas sus consecuencias, y nunca les
veremos tambalearse por acontecimientos externos, por sorprendentes, alarmantes
o denigrantes que sean. Lucirán su profesionalidad como luce un traje un
caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la
canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo sólo cuando
ellos asà lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Como digo,
es cuestión de “Dignidad”. […] creo que nuestra obligación es no ser derrotistas,
y, profesionalmente, nuestro deber es sin duda reflexionar profundamente sobre
este tema con el fin de llegar a ser hombres “dignos” gracias a nuestros
propios esfuerzos.
Supongo que cuando
una persona empieza a indagar, con la perspectiva que le dan los años, qué
momentos en el pasado han sido trascendentales, lo normal es que los vea por
todas partes.
Después de todo, no
se puede hacer retroceder el tiempo. No se puede estar siempre pensando en lo
que habrÃa podido ser. Hay que pensar que la vida que uno lleva es tan
satisfactoria, o incluso más, que la de los otros, y estar agradecido.



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