Hay libros que marcan, algunos por los temas que abordan y
las reflexiones que nos dejan, causando un verdadero impacto en nuestra vida;
otros, por la historia que hay detrás de ellos, una que va más allá de las
páginas que hacen volar la imaginación y vibrar los sentidos. El libro que hoy reseño tiene estas dos cualidades,
me ha marcado con su lectura y tiene una historia que va más allá de la que se
cuenta en sus páginas.
¡Ay, si los libros hablaran! ¿Cuántos relatos contarían, más
allá de los que guardan sus páginas? Pienso en las historias de las personas
que cargan sus libros a todos lados, llevándolos como acompañantes en el café o
en la intimidad de su alcoba; imagino que esos libros son parte de escenas que
en algún momento superan a la realidad, participan como simples espectadores, testigos
mudos de la vida de sus lectores. Este libro, es uno de ellos...
Estuve postergando mucho tiempo la reseña de esta obra, incluso
pensé en no escribirla, pasar por alto la experiencia de su lectura; el obviar
lo mucho que me dejó el libro y no reseñarlo es como negar una parte de mi
misma e ir en contra de lo que amo: leer y compartir. Después de mucho meditar,
concluí que estas líneas son una carta de despedida, para cerrar ciclos, para
cerrar el libro de aquella historia pendiente que por falta de coraje no me
animaba a terminar.
A la Sombra del ángel es un libro especial no sólo por la
manera en que llegó a mis manos, la forma en la que cada palabra que leía
tocaba mi corazón y esa empatía, ese clic que hice con la protagonista me
marcó.
Es una novela histórica acerca de la vida de María Antonieta
Rivas Mercado, “Tonieta” como la llamaban de cariño, era hija de Don Antonio
Rivas Mercado, si les suena el nombre es porque el Sr. Pasó a la historia
gracias a su aporte arquitectónico en la ciudad de México en tiempos del
porfiriato edificando “El ángel de la independencia”.
Antonieta fue una figura muy influyente e impulsora del arte y la cultura en México, también defensora del voto femenino y una mujer muy
inteligente y con un gran, gran corazón; al menos esto último nos deja ver la
autora, nuera de la protagonista.
Blair documenta y revive a Tonieta con una
narrativa exquisita y fluida. Conocemos a Tonieta niña, sufriendo la
segregación maternal a causa de su tez morena; la vemos crecer tempranamente a
raíz de su experiencia en la etapa de la Revolución mexicana, donde la autora
muestra otra cara de la moneda en la historia, en donde la sociedad porfirista también tiene su versión de los hechos.
Vemos crecer a Tonieta, cómo se enamora del arte, cómo se convierte en madre… la
acompañamos hasta su muerte.
Su vida, corta pero intensa se apagó a los 30 años; los
problemas que la ahogaron, la desilusión que le provocó el haberle entregado su
apoyo incondicional, su corazón y su vida a José Vasconcelos (sí, el mismito ilustre
mexicano) el estar a punto de perder los derechos sobre su hijo y las ilusiones
perdidas fueron motivos que orillaron a que María Antonieta se quitara la vida
disparándose frente a un altar en la Catedral de Notre Dame en París.
La vida de María Antonieta es apasionante, no encuentro otra
forma de describirla; me tocó el alma al leerla y me sigue persiguiendo la
historia de aquella mujer que entregaba el corazón al arte y a los que la
rodeaban. Definitivamente de los mejores libros que he leído este año y que no
podía dejar de compartir.
Recientemente restauraron la casa de los Rivas Mercado en la
ciudad de México, convirtiéndola en museo; espero visitarla pronto, ya les
platicaré la experiencia de estar en el lugar que vio crecer a Tonieta. Y algún
día, tal vez, vuelva a las páginas que reviven a María Antonieta Rivas Mercado,
aquella mujer mexicana que vivió con pasión y entregó su corazón al arte y a México.
Como siempre, les dejo unos fragmentos de la novela…
Anhelo beber sol, agua, cielo, silencio… rodearme de paz
como un indio en su sarape. Y dejar pasar, dejar pasar.
El mundo se detuvo cuando ella tendió la mano y lo tocó; una
sensación fluyó desde su coronilla hasta la punta de los dedos de sus pies, a
través de ella y a su alrededor. Volvió a tocarlo. Amor.
Por debajo del nivel consciente,
Antonieta batallaba con su propia naturaleza contradictoria. Anhelaba
relaciones próximas y al mismo tiempo alejaba a la gente. No ignoraba que había
hombres atraídos por ella, pero guardaban sus distancias. […] No comprendía que
su propia inteligencia obstaculizaba el camino. A los hombres no les gusta sentirse
pequeños en presencia de una mujer.
De repente, Antonieta le tomó la
mano mirándolo con aquellos ojos que… – ¿Cómo lo había expresado Beto?— “guardaban
esa oculta memoria sufrida que brilla en los ojos mexicanos”. La había visto en
tantos ojos, esa mirada que trascendía la realidad creando su propio pasaje
interno. En su imaginación, ¿qué veía ella? En la imaginación de él, esta mujer
que él había procreado, que era la más mexicana de todos sus hijos, ayudaría a
plantar el desierto cultural de esta tierra que ambos amaban. De repente, la
visión de un Ángel dorado llenó su mente. Su Victoria, ese símbolo que había erigido
para alentar el corazón del mexicano. Cuántas veces había caído México para
levantarse de nuevo… Cuántas veces… Cerró los ojos. La vida se le iba acabando
como esa victrola cuando no le daban cuerda.





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